Un nuevo relato de la série "Relatos olímpicos", en este caso, el protagonista es un figura, un auténtico freak muy entrañable, no podéis perderos videos en youtube sobre el susodicho, os animo a verlo.
La primera vez que vi al yesero de Cheltenham, Eddie Edwards, el tipo agarraba un palo de billar con pericia de jugador británico de snooker. Sus grandes gafas de metal, con vidrios de culo de botella, anticuadas ya para esa época de finales de los 80, le servían como microscopio de alta precisión para embocar bolas ralladas o lisas según su necesidad. Varios compañeros de prensa compitieron a bola 8 contra él, perdieron unos cuantos dólares canadienses en la desigual disputa. Cada vez que ganaba mostraba su gran boca y sus dientes amarillentos con una sonrisa autosuficiente. Tenía el maxilar inferior extrañamente salido, como un alerón delantero que le sirve para reducir aerodinámicamente la fricción del aire cuando desciende a gran velocidad. Recuerdo como desde mi mesa apenas escucho a mis compañeros divagando sobre la exótica participación del equipo Jamaicano en bobs a 4 y me concentro en este delirante británico de pelo color boniato cortado con orinal, metiendo bolas en el agujero sin parar. Sin conocer nada del pájaro, me intriga su desafiante frase “Ya veréis mañana” mientras sujeta un vaso largo con whisky escocés y hielo.
De vuelta al hotel, intuyo su acento inglés conversando con su esposa mientras comen un delicioso pescado con patatas, típico plato de la singular tradición culinaria inglesa. Su mujer, de anchas caderas (para ser benévolo y educado como los gentleman de doble vida de su país natal), sentada en el sofá campestre mirando una comedia. En los anuncios publicitarios, girándose hacia él con su boca de labios gruesos, cara inundada de pecas y cabello ligeramente desajustado, recriminándole sus locuras voladoras. Él, como el soñador Wilt de Tom Sharpe, fantaseando con deslizar sus 82 kilos a través del aire para caer suave y grácil en la nieve.
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miércoles, 11 de agosto de 2010
martes, 20 de julio de 2010
Dos caras de una misma medalla
Este es el primer relato que cuelgo de la série "Relatos olímpicos". Se trata de relatos que narran eventos deportivos que han sucedido en los distintos Juegos Olímpicos. No hay que decir que me apasiona el mundo del deporte y que creo que se ha escrito poco sobre él, o al menos, no es fácil encontrar relatos en las librerías sobre este apasionante espectáculo.
Podéis ver un par de fotos de los portagonistas de las historías y, al finalizar el relato, un par de videos que muestran sus hazañas.

Animo a todos los que lean este tipo de relatos, a recomendar libros o ensayos sobre el tema, yo recomiendo "El gran circo de los juegos olímpicos" de Floyd Conner, un libro con numerosas curiosidades, protagonistas y hechos memorables de los juegos. Disfrutad del deporte!
Cathy está sentada en los confortables bancos del vestuario ultramoderno del estadio olímpico de Sydney. Su cabeza moviéndose levemente, concentrada, apurando los últimos instantes de soledad unos minutos antes de salir a la pista de calentamiento. El aire entrando y saliendo nerviosamente por la nariz, la boca sellada por sus labios secos. La cara, en su conjunto, una buena imagen de sus facciones aborígenes. Su rictus serio y a la vez orgulloso por haber sido, en su día, la primera atleta de su etnia en participar en unos juegos, en Barcelona y quedar segunda cuatro años más tarde, con la mejor marca de su vida, en Atlanta.
Unos días antes, a primeras horas de la mañana, en las gradas de la piscina olímpica no había demasiada gente en la sesión matinal. Más tarde aparecerían algunas de las estrellas del agua. En la primera serie de los 100 metros libres iban a saltar al agua deportistas de países con poca tradición, invitados por el COI, para globalizar los Juegos, para hacer realidad la frase “lo importante es participar”. Tres anónimos en el trampolín de salida. Nerviosos por ser protagonistas de la atención de la televisión, que acababa de empezar la retransmisión. Justo unas décimas antes de que sonara la bocina indicando el inicio de la carrera, dos de ellos, enfundados en trajes de baño modernos, de color negro, desde las rodillas hasta el cuello, se precipitaron al agua. El otro, los miró extrañado desde lo alto y resistió, a duras penas, la tentación de darse un chapuzón. Los dos desconocidos, al percatarse de su error, regresaron y salieron de la piscina. Un juez les comunicó, no sin pena, que estaban descalificados. Quedaba para competir Eric, con su bañador tipo slip del mismo color del agua. Miró a los jueces, tímido, como preguntándose si tenía que nadar solo.
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